Tomado del libro “La amistad con Cristo, de Robert H Benson* (Ed. Patmos, 4º edic. en español 2002, pág. 68-75)
La Iglesia católica es una sociedad de tal magnitud que la mayoría de las personas son incapaces de hacerse una perfecta idea de ella.
La conocen intelectualmente, en su interior la aceptan, pero en la práctica sólo les resulta accesible a través del sacerdote. Este es, por cierto, uno de los argumentos que se esgrimen en contra del catolicismo. Exalta, dicen, la falible humanidad en la persona del sacerdote hasta unas alturas demasiado vertiginosas, aun sabiendo que está condicionado por las limitaciones propias de todo hombre. Si lo que se exaltase fuese la Iglesia como institución, insisten, todavía se podría excusar. Pero es cada sacerdote individual el que aparece revestido con la dignidad y las prerrogativas de Cristo.
y en realidad es así, La única respuesta posible es que Cristo quiso que fuera así; que instituyó un sacerdocio que no sólo le representara y ocupara su lugar, sino que, en cierto modo fuera El mismo; es decir, Cristo quiere ejercer su divino poder a través de su representante. De este modo, la devoción y la reverencia hacia el sacerdote son un homenaje directo al Sacerdote Eterno, de cuyo poder y dignidad participa el ministro humano. Si esto es así, no cabe duda de que el sacerdote, como la Iglesia, es uno de los cauces a través de los cuales el cristiano debe acrecentar su intimidad personal con el Señor.





