Tomado de encuentra.com
Todos podemos hacernos santos, incluso en el trabajo ordinario.
“Santificar el trabajo, santificarse en el trabajo, santificar a los demás con el trabajo”. Ha sido una realidad vivida con esfuerzo y naturalidad.
Sin embargo, la teología exige no sólo el vivir sino el reflexionar sobre lo que se vive. Cada vez he sido más consciente de que sabía reflexivamente que era santificarse en el trabajo y que era santificar a los demás con el trabajo.
¿Qué es santificar el trabajo?
Para santificar es necesario hacerlo humanamente bien, cuidando las cosas pequeñas por amor; que debe ser mucho, intenso, constante y ordenado; que lo importante era hacer el trabajo bien, no que saliera bien; que se debía hacer con rectitud de intención, sólo para agradar a Dios;… El trabajo tiene como objeto la humanización del mundo.
Pero, ¿qué es humanizar al mundo? ¿qué relación existe entre el aspecto subjetivo y objetivo del trabajo? ¿qué relación hay entre entre el trabajo y el nuevo cielo y la nueva tierra? La respuesta viene contemplando a Jesús en Nazaret, al preguntarse: ¿qué ha quedado del trabajo de Cristo como artesano en el hogar de Nazaret? Y la respuesta es: nada material -no nos ha quedado la menor reliquia de su trabajo en la tierra-, lo que Cristo ha hecho con su trabajo -lo que permanece- es empapar de amor la tierra en que vivimos. Después la conclusión es inmediata: – trabajar es aquella actividad que tiene como objeto humanizar el mundo: convertir el mundo en el “hogar” de los hijos de los hombres, en él el aspecto objetivo es secundario; y – santificar el trabajo es hacerlo de tal modo que transforme el mundo en el “hogar” de los hijos de Dios: que el mundo entero sea el “hogar de Nazaret”.





