Por qué soy Católico

Nuestro tiempo, privado como está de catequesis, ha sido tierra fértil para este concepto, tal vez porque eso de pertenecer a cierta minoría escogida a la que Dios ha dado la fe, es simple, y a la vez halagador. También es muy funcional a cierta clase de no creyente (frecuentemente dedicado a la política) que, al ser consultado por sus convicciones religiosas simplemente responde “no me ha sido concedido el don de la fe”.

Un corolario de esta misma idea lo encontramos en cada película cuya la moraleja sea “cuando tengas dudas, sigue a tu corazón”, o libro de autoayuda que te diga que no necesitas escuchar a nadie más para saber qué es lo correcto, ciertamente no a los líderes religiosos, y que “todo está en ti”. Basta pensar en la más famosa escena de cine, aquella donde Darth Vader revela que es el padre de Luke, y se supone que nuestro héroe debe “buscar en sus sentimientos” ¡para saber si el villano le miente o no!

Que los cristianos asumamos como propia esta forma de acercarnos a la religión sería desastroso, para la misión evangelizadora y para la ética. En primer lugar, a nadie se le ocurriría pensar de ese modo en asuntos de medicina o tecnología, de modo que la conclusión lógica será que la religión es una forma inferior y menos importante de conocimiento. En segundo término, si el conocimiento acerca de las verdades más profundas es estrictamente personal y depende de las emociones, toda religión será un asunto estrictamente privado, donde lo verdadero para mí puede no serlo para ti, y la predicación no tiene sentido. Finalmente si la conciencia también bebe de esta misma fuente para conocer la verdad moral, también se deberá afirmar que nadie puede decir a otro que actúe en contra de su más íntima convicción.

En oposición al “salto de fe”, la Iglesia Católica siempre ha confiado en la filosofía y enseña que “Las facultades del hombre lo hacen capaz de conocer la existencia de un Dios personal” y ha defendido a la vez la autonomía de la conciencia, y la absoluta necesidad de que su adecuada formación. Así la Iglesia se alinea con las escuelas de verdadera filosofía (en oposición a los sofistas que hacen nata hoy), y la ciencia, afirmando la posibilidad de conocer el mundo y la existencia de verdad más allá de opiniones subjetivas

¡Pruebas!

Imaginen, entonces, mi sorpresa al enterarme recién a los 20 años de bautizado que había “pruebas de la existencia de Dios”. Esto iba contra la forma misma de entender la religión que había aprendido, y me arrojó en un curso de indagación que no había previsto antes. Ocurrió en el ramo Introducción al Derecho, cuando estudiábamos los diversos conceptos de ley, que tuvimos que leer las secciones pertinentes de la Suma Teológica. No recuerdo si había oído antes de este santo, pero al pasar por el índice me llamó la atención las “pruebas de la existencia de Dios”, y me puse a leerlas. Claro, al principio no las entendí, porque están escritas en un lenguaje conciso y lacónico, pero luego de repasar lentamente por cada palabra surgían conceptos fascinantes, algunos arcanos, pero sobre todo lógicos.

No podemos dejar de mencionar aquí lo curioso que resulta que, habiendo tantas pruebas de la existencia de Dios propuestas por los filósofos de las más variadas escuelas, nuestra época haya adoptado como “postura natural” el sostener que cada uno es libre de decidir si Dios existe o no, y que tratar de convencer a otro es poco menos que un abuso. Esta curiosidad toma ribetes ridículos si observamos que esta misma cultura está dispuesta a librar guerras en aras de ideas mucho más improbables, como la igualdad, la libertad o los derechos humanos.

Tal vez el sustrato de una posición tan absurda desde el punto de vista filosófico sea nuestro innegable hedonismo, pues el S. XX nos mostró el dolor que pueden causar la persecución o las violaciones a los derechos humanos, pero eso de vivir sin Dios todavía nos parece algo lejano e inofensivo.

Plan de la obra

Dieciocho años después de mi encuentro con las pruebas de la existencia de Dios, y luego de haber pasado muchos bytes bajo el puente, creo encontrarme en condiciones de sostener que no se requiere un “salto de fe” ni argumentos circulares para ser cristiano, y para demostrarlo me he propuesto publicar una serie de entradas acerca de las razones que nos permiten afirmar, al menos con certeza moral, que el catolicismo es la religión verdadera.

Desde luego, no me impongo la meta de convencer a los no católicos, pues si ello fuera tan simple, ya lo habrían hecho otros más hábiles que yo; y en cambio apunto a la diana, mucho más modesta, de mostrar cómo se puede ser católico sin necesidad de contradecir o ignorar los datos que nos aportan la experiencia y la razón.

La conclusión propuesta puede dividirse en tres pasos sucesivos: primero una cuestión filosófica acerca de si es razonable suponer la existencia de un Ser Supremo, Dios, esencialmente diferente a todos los otros seres; segundo, una cuestión histórica, referida a lo ocurrido cuando se fundó el cristianismo por allá por el S. I de nuestra era; y tercero, una cuestión religiosa, en relación a las enseñanzas de esta religión. El plan es, entonces, hacer posts sucesivos abordando cada uno de esos temas.

Evidentemente, cada paso supone el anterior, pues aunque parezca que NSJC haya resucitado de entre los muertos y toda la evidencia apunte en ese sentido, si Dios no puede existir, entonces necesariamente la explicación será una que descarte Su intervención milagrosa. Por lo mismo, les pido que los comentarios se enfoquen directamente a los temas tratados en la entrada, de modo que la conversación sea fructífera y util.

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