Las riquezas de la Iglesia

— ¿Y por qué se adornan los lugares de culto con materiales preciosos de tanto valor?

La gente que se quiere, se regala cosas de valor, aunque le supongan un sacrificio (o quizá precisamente por eso). La gente se adorna a sí misma con anillos de oro…, ¿por qué se les va a prohibir que regalen algo valioso para el culto a Dios o para una imagen que veneran?

— Pero esas cosas dan a la Iglesia una imagen de riqueza y opulencia…

Sería una visión superficial. Precisamente el hecho de no ser rica ha ayudado a la Iglesia a conservar mejor su patrimonio. Por ejemplo, las instituciones civiles suelen tener dinero abundante y cambian con frecuencia los sillones de sus concejales o parlamentarios, cosa que no sucede con las sillerías de las catedrales, que gracias a eso se mantienen durante siglos. El tener mucho dinero hace que las cosas se cambien y pierdan valoración histórica. La Iglesia tiene unos bienes que usa para poder cumplir con eficacia sus fines, y los va administrando como mejor sabe y puede, según su economía se lo permite. Y eso es algo tan claro hoy, que pocas personas sostienen ya seriamente que las finanzas de la Iglesia sean boyantes, o que los curas tengan grandes comodidades o unos sueldos altos. Es un viejo tópico que, afortunadamente, va quedando en el olvido.

— ¿Y qué dices de las inversiones que a veces ha hecho y que han acabado en grandes escándalos?

Hay ocasiones en que diócesis o instituciones religiosas han buscado obtener una mayor rentabilidad a sus propias reservas o a los donativos que reciben para obras sociales. Eso es perfectamente legítimo, o incluso una obligación, si releemos la parábola de los talentos. Lo malo es que si al buscar esa mayor rentabilidad para los recursos que se han puesto a su disposición para realizar buenas obras, lo invierten en lugares de demasiado riesgo, pueden perderlos, o pueden ser estafados, como ha sucedido desgraciadamente con más frecuencia de lo deseable.

Es cierto que en todo eso puede haber culpabilidad, aunque también es igualmente cierto que no siempre que uno es engañado es culpable. En todo caso, no es propiamente un problema de la Iglesia como institución, sino del acierto y la prudencia del responsable de cada lugar, que puede equivocarse, y que puede ser engañado, como nos pasa a todos.

Lo que sucede con más frecuencia ante esos hechos -ha escrito Ignacio Sánchez Cámara- es que el anticlericalismo tiene un sueño ligero y basta el más leve ruido para despertarlo de su secular sopor. Ante cualquier suceso de ese tipo, el viejo monstruo latente asegurará con rotundidad que la Iglesia, así, en general, sin matices, es culpable. Y lo dicen porque, para ellos, la Iglesia lleva ya veinte siglos de culpabilidad. Para ese anticlericalismo, que se pretende hijo de la Ilustración cuando lo es más bien de la ausencia de ilustración y de la falta de información, basta que parte de una orden religiosa, o de una diócesis, o de lo que sea, haya perdido parte de sus ahorros para que se desate la caja de los truenos anticlericales. No importa que lo hayan podido hacer en la condición de timadores o timados -lo que no es exactamente lo mismo-, o que la inversión bursátil constituya una opción legítima para todos los ciudadanos, pues si el inversor es eclesiástico, ya lo ven como un especulador sin escrúpulos.

No hay un poder financiero unificado en el seno de la Iglesia, sino que cada diócesis o cada institución católica es administrada independientemente de las demás. El obispo no fiscaliza todas las cuentas de otras entidades administrativas que actúan en su diócesis. Esto es importante para no caer en generalizaciones injustas. Invertir en bolsa o en entidades de ahorro es lícito, y el problema suele residir en que pueden ser estafados. Para el buen anticlerical, la Iglesia siempre estará del lado de los estafadores, y no dejará pasar la ocasión de pedir que la Iglesia deje de recibir las subvenciones a las que tienen derecho las más estrafalarias organizaciones que persiguen los más extravagantes fines.

Y aunque alguna vez -han sido pocas, la verdad- haya habido la mala fe en los eclesiásticos inversores, es lo mismo que ha sucedido con todo tipo de instituciones -políticas, sindicales, etc.- que reciben ayudas económicas para la función que desarrollan, y a nadie se le ocurriría pedir la supresión de la subvención a todos los partidos o todos los sindicatos por un fraude concreto de uno de ellos en determinado momento. Todo esto prueba que el anticlericalismo tiene razones que la razón ignora, y que cuando se trata de la Iglesia, el bien es atribuido a la parte y el mal al todo. La patología es vieja, demasiado vieja.

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