La única época que no criticamos -señala Jean Marie Lustiger- es la nuestra, porque nos parece evidente. Nuestra referencia actual es lo que a nosotros nos parece más acertado y sensato, pero basta una perspectiva de cincuenta o cien años para que sea palpable la relatividad de esos puntos de vista, aun los considerados en aquel momento como más razonables.
Por eso sería un anacronismo que juzgáramos una sociedad, una época anterior, desde una óptica que nos parece la ideal hoy, sin hacernos cargo del diferente marco histórico, como si nosotros estuviéramos al margen de la historia y fuéramos sus jueces.
Hecha esta salvedad, solo insistiría en que no se caiga en una visión simplista de la historia. Es triste que haya habido cobardías, errores y pecados.
Pero la vida de los hombres es una historia de pecado y de perdón de la que nadie ha quedado exento, tampoco los sinceramente creyentes y deseosos de santidad. Y eso son cosas de la vida, no de la Iglesia.




