Católicos, universales; no pueblerinos

Desde 1970, junto con Santa Catalina de Siena, la Iglesia la honra como Doctora. En su iconografía no falta el Espíritu Santo que aletea como paloma a la altura de su oído, ni la pluma y libro de escritora, ni la birreta magisterial sobre su cabeza modernamente.

 

Muy grande y universal es la personalidad de Teresa de Jesús. Está presente en la literatura castellana, en la historia, en la novela, la escultura y en abundante imaginería. También en el teatro, en el cine, en los medios de comunicación en general, y sobre todo en las comunidades de carmelitas, que la hacen presente, con su devoción y su ejemplo, por todo el mundo.
Igualmente grande y universal ha sido el reciente testimonio de unidad que dieron los católicos filipinos en la millonaria Misa de clausura del viaje pastoral del Papa, el pasado día 18 de enero, en Manila. No era la capacidad personal de convocatoria de Francisco, aunque sea mucha, el motivo que congregó allí a casi siete millones de personas bajo la lluvia.

 

Es la fe en Cristo y el testimonio auténtico del Sumo Pontífice lo que atrae a las muchedumbres. Las palabras de Jesús a Pedro, “Simón… yo he rogado por ti para que no desfallezca tu fe. Y tú… confirma a tus hermanos”, siguen siendo eficaces y lo serán hasta el fin de los tiempos.

La irrupción del cristianismo en la historia supuso grandes novedades, entre ellas el carácter universal de su credo, católico, no local de un pueblo, nación o raza, como era la religiosidad de Israel, o como eran las divinidades griegas o romanas contemporáneas a los primeros cristianos. Lo confirma San Pablo en Gálatas: “cuantos habéis sido bautizados en Cristo estáis revestidos de Cristo. No hay judío, ni griego, no hay esclavo, ni libre, no hay hombre ni mujer, ya que todos vosotros sois uno en Cristo”.
Para estos días y en nuestro entorno no rebaja el listón de católico, ni es menos universal, el mensaje para la Cuaresma del papa Francisco. Acoger la Palabra de Dios por la meditación, abrirse a la acción de los sacramentos de la Penitencia y la Eucaristía, y el ejercicio generoso y sacrificado de la caridad, dinamizan para no dejarnos llevar por la “globalización de la indiferencia”.

 

Éstas son palabras suyas: “Dios no es indiferente a nosotros, está interesado por cada uno y nos conoce por nuestro nombre, nos cuida y nos busca cuando lo dejamos; cada uno le interesa, y su amor le impide ser indiferente a lo que nos pasa”. Y más adelante: “El cristiano es aquél que deja que Dios le revista de su bondad y misericordia, lo revista de Cristo, para llegar a ser como Él, siervo de los hombres”. ¡Bien hermosa es la voluntad de Dios para con los hombres!

Además, Francisco nos señala el camino:

+ Primero, unir nuestra oración a las oraciones de la Iglesia Triunfante. Los santos no están inactivos en el cielo respecto al mundo. Desean más que nosotros el bien de los hombres y la gloria de Dios. Desean que la Redención se realice. Van delante de nosotros, nos ayudan a acercarnos a Dios.

+ Después, hemos de hacer lo que podamos por el bien de los demás. De los que están cerca y de los que están lejos. Hay muchas instituciones que realizan, lejos, causas buenas y podemos ayudarles.

+ En tercer lugar, el sufrimiento inevitable de otros constituye una llamada a la conversión. Nos recuerda la fragilidad de nuestras vidas, dependemos de Dios y de los demás, no podemos valernos por nosotros mismos. Dependemos de Dios en nuestro origen, en nuestro término, y siempre. Estamos llamados a la intimidad divina, siendo humildes y audaces.

Bien expresa esta excelencia del vivir cristiano el pensamiento -tuit podríamos decir hoy- número siete del libro Camino de San Josemaría Escrivá, incluido en su primer capítulo titulado “Carácter”: “No tengas espíritu pueblerino. Agranda tu corazón, hasta que sea universal, católico. No vueles como ave de corral, cuando puedes subir como las águilas“.

Para qué añadir más.

PEDRO RODRÍGUEZ MARIÑO

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