Paginas 20-29 del libro “EL SACERDOTE Y SU MINISTERIO” de Federico Suarez*, 6º edición (2005) de Ediciones Rialp. S.A. (Colección Patmos, Nº 129)
El sacerdote es, en primer lugar y sobre todo, un hombre consagrado. Hay una clara diferencia entre un simple hombre y un cristiano, porque el Bautismo confiere al hombre un carácter indeleble, una profunda marca -tan definitiva que jamás se borra- que le convierte real y verdaderamente en un hombre nuevo.
Y hay también una diferencia entre un simple cristiano y un sacerdote, porque el Sacramento del Orden confiere al cristiano un nuevo carácter, una nueva marca, también definitiva, imborrable, que convierte al cristiano que la recibe en sacerdote por toda la eternidad: es sacerdos in aeternum. Como el hombre que ha recibido el Bautismo se salva o se condena como cristiano, así el cristiano que ha recibido el Orden se salva o se condena como sacerdote.
Es un paso irreversible que lo deja señalado para siempre. Hay en el cristiano que se ordena un algo nuevo que jamás desaparece, algo que le modifica y le hace distinto de los demás. Dios toma posesión de él de un modo particular, le consagra a su servicio -para beneficio de los demás hombres, sus hermanos-, le hace partícipe del sacerdocio de Cristo, le confiere una nueva personalidad.
No es que este hombre, consagrado por el sacramento del Orden, sea sacerdote por los actos que realiza en virtud de los poderes recibidos, o que sólo lo sea cuando realiza tales actos. Lo es de un modo ininterrumpido, interior, de raíz invisible; lo es siempre, en todos los momentos, lo mismo al ejercer el oficio más alto y sublime como en el acto más vulgar y humilde de la vida cotidiana.
Exactamente lo mismo que un cristiano no puede dejar a un lado su carácter de hombre nuevo, recibido en el Bautismo, para actuar «como si» fuera un simple hombre, tampoco el sacerdote puede hacer abstracción de su carácter sacerdotal para comportarse «como si» no fuera sacerdote.
Cualquier cosa que haga, cualquier actitud que tome, quiéralo o no.. será siempre la acción y la actitud de un sacerdote, porque él lo es siempre, a todas horas y hasta la raíz de su ser, haga lo que haga y piense lo que pensare.
Ni un cristiano puede despojarse de su condición de tal como quien se despoja de un traje, ni un sacerdote pierde su condición, ni siquiera momentáneamente, porque se vista de paisano o se dedique a una actividad no sacerdotal: siempre será un sacerdote que viste de paisano o realiza actos no sacerdotales.
El sacerdote es un hombre consagrado. Y un hombre consagrado es un hombre entregado, un hombre que ya no se pertenece: «Yo os he separado de los demás pueblos para que fueseis míos» (Lev20, 26). La consagración a Dios es una donación a Dios, la entrega de uno mismo, de lo que es, de lo que tiene y pueda tener, de su ser y de su actividad, de su inteligencia, de su voluntad, de su porvenir, de la vida y de la muerte: «Ninguno de nosotros vive para sí, y ninguno de nosotros muere para sí. Que si vivimos, para el Señor vivimos; y si morimos, para el Señor morimos. Ora, pues, vivamos, ora muramos, del Señor somos» (Rom 14,7 y 8).
Por tanto, tiene que ser un hombre despojado, un hombre que con plena deliberación y con toda su voluntad, libremente, se ha entregado a Dios para que Dios disponga de él, lo utilice en servicio de los demás y le conforme a su gusto: «No se pertenece a sí mismo, como no pertenece a parientes ni amigos, ni siquiera a una determinada patria: la caridad universal es lo que siempre habrá de respirar. Los mismos pensamientos, voluntad, sentimientos, no son suyos, sino de Cristo, su vida» (9).
Es también un «pre-elegido de entre el pueblo, un privilegiado de los carismas divinos, un depositario del poder divino, en una palabra, alter Cristus». El sacerdote es otro Cristo.
Lo es por la naturaleza del sacerdocio, que es la participación y continuación del sacerdocio de Jesucristo en la Cruz, muerto para redimir al hombre de la esclavitud del pecado. Lo es, asimismo, por su oficio, pues -como dice Santo Tomás (3 q 22 a 1)- «lo que constituye, propiamente hablando, el oficio del sacerdote es ser mediador entre Dios y el pueblo, en cuanto comunica a los hombres las realidades divinas.»
Ciertamente no hay, propiamente hablando, otro mediador entre Dios y el hombre, entre el hombre y Dios, que Cristo Jesús, Dios y hombre verdadero; si el sacerdote lo es asimismo, es sólo por ser «alter Christus», por participación en la mediación eterna del Hombre-Dios. Esta mediación de Cristo estriba -prosigue Santo Tomás (3 q 26 a 2)- en que, “en cuanto que Cristo es hombre, su misión es unir a los hombres con Dios, proponiendo a éstos los preceptos y los dones de Dios, y satisfaciendo e intercediendo cerca de Dios en favor de los hombres».
Este doble aspecto de la misión mediadora -proponer de parte de Dios a los hombres los preceptos y los dones divinos, e interceder y satisfacer por los hombres cerca de Dios- debe ser cumplido por el sacerdote, que actúa como un delegado de Cristo, como su instrumento y colaborador: instrumento en la administración de los Sacramentos, colaborador en las demás funciones.
En otro aspecto, el sacerdote es también un profeta, es decir, un portavoz de Dios, un heraldo de la Divinidad, un hamo Dei, un hombre de Dios. Debe ser un defensor de los derechos de Dios en el mundo, de sus designios de salvación, manteniendo viva la conciencia entre los hombres de la fugacidad de la vida temporal, de la vigencia del orden moral, de la Redención, de las realidades divinas. Como portavoz de Dios, no tiene palabra propia, pues debe hablar a los hombres la palabra de Dios, ya que para eso ha sido constituido en el sacerdocio: «irás a donde te envíe yo, y dirás lo que yo te mande … Mira que pongo en tu boca mis palabras» (Jer 1, 6 Y 9).
El sacerdote es un ministro de Dios. Como enviado y ministro de Dios, su fuerza y su poder le vienen dados por su Señor, en cuyo nombre habla y actúa. Es la suya una fortaleza prestada para el cumplimiento de su misión, y sólo para eso, no para otras cosas. No puede torcer el mensaje divino, no puede cejar en el desempeño de su misión por muchos y grandes que sean los obstáculos que se opongan, no puede claudicar ante poderes humanos, ni transigir ante la falsedad, la mentira, el error o e! mal, ni desvirtuar la doctrina recibida en la Revelación.
Su misión de proponer a los hombres los preceptos y los dones de Dios debe ser tan continua y permanente como su intercesión y su penitencia cerca de Dios por esos mismos hombres. Y en el ejercicio de su misión de portavoz de Dios, ha recibido unas tremendas facultades: «Hoy te doy sobre pueblos y reinos poder de destruir, arrancar, arruinar y asolar, de levantar, edificar y plantar» (Jer 1, 10).
Es, también, un instrumento de unidad. El deseo del Señor es ut omnes unum sint (Ioh 17,21), que todos sean uno. ¿Acaso no ha dicho claramente que todo reino dividido entre sí será asolado, y que no hay ciudad ni hogar que subsista si pierde su unidad por la división en bandos? La Iglesia es una y única, y se presenta «a los que están fuera, como signo levantado en medio de las naciones para que debajo de él se congreguen en la unidad los hijos de Dios que están dispersos, hasta que haya un solo rebaño y un solo pastor» (10).
Los sacerdotes deben ser «solícitos en conservar la unidad» (Eph 4,3); y esta exhortación de San Pablo «se refiere, sobre todo, a los que han sido investidos del Orden sagrado para continuar la misión de Cristo» (11).
Es, pues, el sacerdote el que debe luchar para mantener y procurar la unidad entre los hermanos, el que debe velar para que la unidad en la fe, en el Señor y en el Bautismo sea más fuerte que la dispersión o antagonismos provocados por ideas o pareceres distintos en cosas accidentales y terrenas. ¿Es acaso tolerable que pueda más, entre hermanos, el poder de división de unas ideas o unos intereses temporales que la fuerza unitiva de la fe?.
Al sacerdote corresponde, con su conducta y ejemplo, con la palabra, con su solicitud y abnegación, mantener entre sus hermanos la conciencia de que ninguna cosa humana es tan importante como para destruir la maravillosa realidad del cor unum et anima una (Act 4,32), de que ningún sacrificio es excesivo para atraer de nuevo a los hermanos separados al regazo de la Madre Iglesia que sufre con su ausencia. Pero la gracia, para fructificar, necesita la correspondencia del hombre, su libre aceptación, su colaboración sin reservas. Un hombre debe comportarse como lo que es. El sacerdote, por ser hombre consagrado, tiene una especial calidad de cosa santa, pues la consagración sacramental le confiere un carácter sacro. No puede comportarse como carente de esta calidad especial.
Es un hombre de Dios que no se pertenece, ya que es de Dios. Su vida no es ya suya, puesto que la dio al aceptar el llamamiento divino. No puede, por tanto, obrar como si todavía le perteneciera, no tiene derecho a ganar su vida, pues entonces, irremisiblemente, la perderá.
Por el contrario, si la entrega del todo sin guardarse nada para sí, entonces es cuando, de verdad, la habrá ganado para siempre, aquí y en la eternidad. Si vive realmente para el cumplimiento de la voluntad de Dios en él y en los demás hombres, si hace de su sacerdocio su vida, si su entrega a la misión que le ha sido confiada llega de verdad a comprometer hasta la última fibra de su ser, entonces podrá comprobar por propia experiencia hasta qué punto se hace realidad la promesa divina del ciento por uno.
Por ser alter Christus, mediador entre Dios y los hombres, el sacerdote no debe aspirar a mejor trato del que sufrió su Salvador, pues está escrito que «el discípulo no es más que el maestro, ni el siervo más que su amo: bástale al discípulo ser como su maestro y al siervo como su amo» (Mt 10,24-25). Y ya sabemos muy bien cuál fue el pago que Jesús recibió del mundo y el trato que le fue dispensado. El Mediador no tenía dónde reclinar la cabeza (Mt 8,20), estuvo sometido a una dura vida de trabajo, apenas tuvo tiempo para sí mismo (Mc 3,20), fue calumniado y deshonrado, rechazado por su propio pueblo, condenado, crucificado. Pero venció al pecado y a la muerte, resucitó y triunfó; por El fuimos salvados y por El la esperanza llenó de luz a un mundo sumido en la oscuridad de la desesperación.
No son compensaciones humanas las que el sacerdote debe buscar en el cumplimiento de su misión; no es su honra, ni su prestigio, ni su comodidad, lo que tiene que servir; no puede medir un trabajo sobrenatural con cánones puramente humanos, de este mundo. Sólo hay un camino para dar el fruto que Dios espera, y Nuestro Señor tuvo buen cuidado de exponerlo con claridad: «si el grano de trigo, después de echado a la tierra, no muere, queda infecundo» (Ioh 12,24).
No es un éxito a la faz del mundo lo que el sacerdote pretende conseguir, sino un éxito duradero, sobrenatural, ante la faz de Dios. El sacerdote debe estar siempre pronto a dar la bienvenida a la Cruz de Cristo, a abrazarse a ella, pues si Cristo, como Sacerdote Eterno, cuando bendice, bendice con la Cruz, ¿puede pretender el sacerdote una mayor recompensa que sentir sobre sí la bendición de su Señor?
Profeta, heraldo divino, hombre de Dios. «El sacerdote -escribía el Cardenal Suhard (12)- es, pues, un enviado, un mensajero, un encargado oficial de los poderes de Dios cerca de los hombres. y he aquí el apostolado fundado no tanto sobre un mandato de Cristo, sino en su propio Ser: Como mi Padre me envió, así os envío yo también a vosotros (Ioh 20, 21).» Y el Padre envió a su Unigénito Hijo no para condenar al mundo, sino para que, por su mediación, el mundo se salve (Ioh 3, 17). El sacerdote es un enviado de Dios para que hable al mundo la palabra de salvación.
Recibe su poder y su misión de Dios, de quien es enviado; no es, por tanto -como se cuidó Pío XII de recordar en la Mediator Dei- «un funcionario delegado por la comunidad». No es la comunidad quien debe dar instrucciones al sacerdote, ni éste decir las cosas que la comunidad desea o gusta oír. Sólo de Dios, a través de su Iglesia, recibe el sacerdote sus facultades y las palabras que deben ser dichas, gusten o no a los hombres.
Por ello, el sacerdote no deberá extrañarse de correr, a veces, la misma suerte que corrieron los otros heraldos divinos, los profetas: resistencia de los gobernantes, incomprensión del pueblo, trato como a leproso, desprecio y miedo. ¿No mandó Dios a Isaías: «Clama a voz en cuello, no ceses. Alza tu voz como trompeta y echa en cara a mi pueblo sus iniquidades, y sus pecados a la casa de Jacob» (Is 58,1)?
El sacerdote tiene que hacer esto alguna vez, o algunas veces, o muchas veces. ¿Y va a esperar que tales palabras resulten gratas, y sean recibidas siempre y por todos con alegría? ¿Es fácil, acaso, turbar la somnolencia de los hombres, anestesiadas sus almas por la dulce comodidad de dejarse llevar arrastrados por todos los bienes de este mundo, aferrados a la vida presente y miedosos hasta de las palabras muerte o infierno?
Por último, si el sacerdote tiene que ser de verdad un instrumento de unidad, él mismo debe comenzar por guardarla. Tan poco como en otros aspectos, o quizá aún menos, puede permitirse ligerezas en este punto. Sin dejar de ser muy humano (y tiene que serlo para ser capaz de comprender a todos, de comprenderlo todo) debe, sin embargo, mantenerse en el plano de la realidad trascendente, en el plano sobrenatural.
Debe, pues, con todo empeño preocuparse por mantener unidos entre sí a los hermanos en torno al Pastor común, al Vicario de Cristo, teniendo en cuenta que un sacerdote con cura de almas, si vive el orden de la caridad, debe ocuparse lo primero de todo de sus fieles; pero debe también pensar constantemente que hay todavía muchas ovejas separadas, lejos del redil, jirones de la Iglesia a los que la Iglesia ama entrañablemente y por las que la Iglesia sufre. Y sólo conseguirá unir a los hermanos separados, así como mantener la unidad entre los que están en casa, a condición de que él mismo se mantenga unido, fundido, identificado, con su propio pastor, y a través de él, con la Cabeza Visible de la Iglesia; pero esto es imposible sin un intenso deseo de santidad, puesto que «el verdadero ecumenismo no puede darse sin la conversión interior.
En efecto, los deseos de unidad surgen y maduran de la renovación del alma, de la abnegación de sí mismo y de la efusión generosa de la caridad» (U R, 7).
Esto es así porque el sacerdote no está puesto para la división y la muerte, sino para la unidad por la caridad, que es Vida. El lazo de unión es el amor, la caridad; pero cuando hay división, puede afirmarse que allí, o en aquello, está ausente el Espíritu de Cristo, puesto que no hay caridad, ya que si la hubiera no habría división. La responsabilidad del sacerdote en este punto es sobrecogedora, pues es terrible destruir el Cuerpo Místico de Cristo, disgregando sus miembros precisamente cuando está puesto para la edificación de los fieles en la unidad del Cristo total.
Ciertamente, el sacerdote es un hombre singular, y su posición una posición erizada de dificultades. Embajador de un mundo distinto de aquel en el que vive, encargado de recordar verdades salvadoras, pero que a veces repugnan a la naturaleza caída del hombre, investido de poderes extraordinarios, portador de un mensaje de salvación y, sin embargo, expuesto por ello mismo a una vida dura y solitaria.
Es muy difícil expresar adecuadamente la enorme dignidad del sacerdote, la tremenda grandeza de su vocación. Se le ha dado mucho, pero es también mucho lo que se le exige. Si hay alguien a quien se le haya negado vivir su propia vida, ese alguien es el sacerdote; si hay alguien a quien se le niegue el derecho a tener problemas personales, ese alguien es el sacerdote; si hay alguien a quien le estén vedadas las compensaciones humanas y todo género de egoísmo, ése es el sacerdote, porque «es un hombre que no vive para sí, sino para los otros. Es el hombre de la comunidad» (Paulo VI). No hay oficio más heroico, ni situación más difícil, ni responsabilidad más grande.
Pero tampoco hay nada tan alto, ni tan noble, ni tan abnegado, ni tan apasionante, como el sacerdocio.
9 Pío XII, disco póst. cit por Juan XXIII, Sacerdotii Nostri primordia
10 CONCILIO VATICANO 1I, Consto Sacrosantum Concilium. (S C), 2.
11 CONCILIO VATICANO 1I, Decreto Unitatis reintegra- tia (U R), 7.
12 SUHARD, Dios, Iglesia y Sacerdocio (Madrid, 11953), 235.
* Federico Suárez nació en Valencia en 1917 y falleció en Madrid en 2005. Fue Catedrático de Historia Moderna y Contemporánea, y sacerdote desde 1948. Paralelamente a su trabajo como historiador, desarrolló una intensa labor pastoral con universitarios y sacerdotes, que dio lugar a muchos libros.
Entre otros títulos, se pueden destacar: La Virgen Nuestra Señora (1956, 26ªed. Traducido al portugués, catalán, inglés, japonés, italiano, francés, holandés, alemán y eslovaco). El sacerdote y su ministerio (1969, 6ªed. Traducido al portugués y al inglés). La puerta angosta (1971,13ªed. Traducido al portugués y al inglés). La paz os dejo (1973, 7ªed. Traducido al inglés). La vid y los sarmientos (1975, 3ªed. Traducido al inglés). Después de esta vida (1978, 5ªed. Traducido al inglés). José, esposo de María (1982, 6ªed. Traducido al inglés, portugués, italiano y holandés). El sacrificio del altar (1989,5ªed. Traducido al portugués, italiano, inglés y polaco). La Pasión de nuestro Señor Jesucristo (1993, 7ªed.).




