9 formas en las que la Eucaristía está escondida en el Antiguo Testamento

Tomado de Pildorasdefe.net

La Eucaristía se encuentra entre esas maravillas ocultas y tesoros de elección en el Antiguo Testamento y está en todas partes

John Henry Newman una vez comparó las Escrituras a un desierto inagotablemente rico – nunca dejando de recompensar al explorador fiel con nuevos descubrimientos emocionantes, pero siempre más allá de su capacidad para dominarlo completamente:

“No puede, por así decirlo, ser mapeado, o su contenido catalogado; pero después de toda nuestra diligencia, hasta el fin de nuestras vidas y hasta el fin de la Iglesia, debe ser una tierra inexplorada y sin sustento, con alturas y valles, bosques y arroyos, a la derecha y a la izquierda de nuestro camino y cerca de nosotros, lleno de maravillas ocultas y tesoros de elección”. (Ensayo sobre el desarrollo de la Doctrina Cristiana, 71)

La Eucaristía está entre esas “maravillas ocultas y tesoros de elección” en el Antiguo Testamento. Al principio, con la obvia excepción del maná del cielo que llovió sobre los israelitas, parece que hay poco en el Antiguo Testamento que prefigura la extraordinaria nueva realidad que es la Eucaristía.

Pero Newman nos invita a aventurarnos profundamente en los valles ocultos y los jardines secretos del Antiguo Testamento. Cuando lo hacemos, resulta que la Eucaristía está en todas partes, desde el Pentateuco hasta los Profetas.

A continuación, 9 formas en que la Eucaristía está presente en el Antiguo Testamento

1.- El fruto prohibido.

El fruto prohibido del Jardín del Edén parece ser el último lugar en el que uno vería prefigurar a la Eucaristía. Pero comentadores medievales vieron la Eucaristía como el “antídoto a los venenosos efectos de la manzana”, de acuerdo a Ann Astell, en Eating Beaty (Comiendo Belleza).

Así como el comer del fruto prohibido constituía un pecado de orgullo, avaricia, glotonería, o desobediencia, la Eucaristía fue vista como inculcando las virtudes opuestas correspondientes: humildad, pobreza, abstinencia, y obediencia de acuerdo a Astell.

El paralelo va incluso más allá: al comer el fruto prohibido, Adán y Eva trajeron muerte al mundo, mientras a aquellos que toman parte en la Eucaristía se les promete la vida eterna.

2.- Fruto del Árbol de la Vida.

Las conexiones entre el Edén y la Eucaristía son reforzadas en el último libro de la Biblia. Primero un recordatorio: había dos tipos de árboles en el Edén. El que atrae más atención es el árbol del conocimiento del bien y el mal – es del fruto de éste que Adán y Eva tenían prohibido comer.

Pero, cuando la pareja es desterrada, un segundo árbol es mencionado:

“Ahora el hombre es como uno de nosotros, pues se ha hecho juez de lo bueno y de lo malo. Que no vaya también a extender su mano y tomar del Arbol de la Vida, pues viviría para siempre” (Génesis 3,22)

En Revelaciones, Juan indica que, a través de Cristo, seremos capaces de comer del fruto de este segundo árbol. En Revelaciones 2,7, Juan escribe:

“Al vencedor le daré de comer del árbol de la vida, que está en el Paraíso de Dios”.

Diez versículos más tarde podemos leer: “Al vencedor le daré un maná misterioso” – una clara referencia a la Eucaristía. (Estoy particularmente en deuda con el diácono Sabatino Carnazzo por esta lectura)

3.- La sangre de Abel.

Éste es otro que parece extraño para la Eucaristía. Pero la Escritura relaciona la sangre de Cristo con Abel.

En Génesis 4,8, luego de que Caín mata a su hermano, Dios habló con él y le dice:

“¿Qué has hecho? Clama la sangre de tu hermano y su grito me llega desde la tierra”.

En la Carta a los Hebreos 12,24, San Pablo dibuja una conexión con Cristo, llamando a Jesús el “mediador de la nueva alianza, llevando la sangre que purifica y que clama a Dios con más fuerza que la sangre de Abel”.

San Gregorio el Grande explica más esto:

“La sangre de Jesús clama con más elocuencia que la de Abel porque la sangre de Abel pedía la muerte de Caín, el fratricidio, mientras que la sangre del Señor pedía, y obtuvo, vida para sus perseguidores.

Cuando recibimos la Eucaristía, debemos también clamar y proclamar nuestra fe en Jesús.

El llanto del Señor encuentra un escondite en nosotros si nuestros labios fallan en hablar de esto, aunque nuestros corazones crean en ello”

4.- El sacrificio de Melquisedec

En Génesis 14, luego de que Abraham rescata a Lot y a sus parientes que han sido incautados en una invasión de Sodoma, una extraña figura aparece en escena: Melquisedec, el rey de Salem sale a recibirle.

En Génesis se nos dice que él era un sacerdote del “Dios Altísimo” – mucho antes de que el sacerdocio institucional de Israel fuese establecido.

Y tiempo antes de que el Evangelio fuese traído a los Gentiles, Melquisedec llegó a conocer a Dios. Luego, en las Escrituras leemos:

“Sin padre, ni madre, ni genealogía. Tampoco se encuentra el principio ni el fin de su vida. Aquí tienen, pues, la figura del Hijo de Dios (Hebreos 7,3)

Melquisedec es entonces representado en las Escrituras como uno que prefigura a Cristo, rey verdadero y perfecto sacerdote.

Los paralelos se extienden aún más: en Génesis 14,18 Melquisedec ofrece un sacrificio de “pan y vino” – una prefigura de la Eucaristía, de acuerdo al Comentario Haydock de la Biblia.

5.- El todah.

Como católicos sabemos que la Pascua fue el sacrificio primario en el Antiguo Testamento y que sirve de telón de fondo para la Eucaristía.

Pero otro importante fue la todah, un sacrificio ofrecido en el antiguo Israel luego de que una persona se había salvado de una situación que amenazó su vida. Un escritor describe el sacrificio así:

“El cordero sería sacrificado en el Templo y el pan para la comida sería consagrado en el momento en el que el cordero fuese sacrificado. El pan y la carne, junto al vino, constituirían los elementos de la sagrada comida todah, que estaría acompañada de oraciones y canciones de agradecimiento…”

¿No les trae esto inmediatamente a la mente la Eucaristía? En hebreo, todah significa agradecimiento, que es exactamente la traducción literal de la palabra griega eucharista.

Ciertamente, ambos son sacrificios en agradecimiento por la salvación.

6.- Elías en el desierto.

En la primera Carta a los Reyes 19, Elías huye de Jezabel hacia el desierto. Luego de caminar durante un día, se sentó bajo un árbol y le pidió a Dios que le dejara morir. En su lugar, se le envía un ángel que trae consigo “un pan cocido sobre piedras calientes y un jarro de agua”.

Pero esto no era comida normal – era suficiente para sustentarlo durante su viaje de 40 días hacia el cerro Horeb donde tuvo un profundo encuentro con Dios en el “murmullo de una suave brisa”.

Los intérpretes católicos han visto desde hace mucho esta super comida que le fue dada a Elías como un tipo de Eucaristía. (Fuentes incluyen al Dr. Marcellino D’Ambrosio y los Frailes Franciscanos de la Inmaculada)

7.- El Pan de la Presencia.

En el antiguo Israel, el Pan de la Presencia se puso sobre una mesa dorada en el tabernáculo como “un memorial, un sacrificio por el fuego para Yavé” (Levítico 24,7).

El pan debía estar en la presencia de Dios continuamente, era perfumado con incienso, y acompañado constantemente por una luz encendida.

Se ponían nuevos panes cada sábado y sólo quienes se habían abstenido recientemente de relaciones sexuales – normalmente los sacerdotes – podían comer de ellos.

Cuando se llevaba la mesa que sostenía el pan fuera del tabernáculo, éste se cubría con un velo. De hecho, cuando se movía el tabernáculo, todos los recipientes en él eran cubiertos cuidadosamente. Quienes transportaban los recipientes no debían tocarlos directamente, no vaya a ser que murieran (Éxodo 25, Levítico 24, Números 4 y 1 Samuel 21).

¿No les parece familiar esto? Ciertamente, es difícil imaginar un precedente más obvio para la devoción y reverencia con la que los católicos hoy en día tratan a la Eucaristía.

8.- El carbón de Isaías.

Ahora que llegamos a los libros proféticos, nos encontramos con unas figuras extraordinarias y provocativas de la Eucaristía.

Primero, En Isaías 6, el profeta tiene una visión de Dios sentado en un trono elevado y alto rodeado de serafines.

“Entonces voló hacia mí uno de los serafines. Tenía un carbón encendido que había tomado del altar con unas tenazas, tocó con él mi boca y dijo: Mira, esto ha tocado tus labios, tu falta ha sido perdonada y tu pecado, borrado”. (Isaías 6:6-7).

En las liturgias en las Iglesias, particularmente en la tradición ortodoxa, el carbón encendido simboliza la Eucaristía.

La Liturgia de Santiago describe la Comunión como “recibir el carbón encendido”, y en la Liturgia de San Juan Crisóstomo, el sacerdote dice “Esto ha tocado tus labios y ha removido tu iniquidad”, de acuerdo a un escritor ortodoxo.

Las semejanzas no podrían ser más claras: como el carbón encendido, la Eucaristía viene a nosotros desde el altar y limpia nuestros pecados (especialmente los pecados veniales, pero también nos fortalece frente a los mortales)

9.- El rollo de Ezequiel.

Otra prefigura de la Eucaristía la podemos ver en Ezequiel 2. Como Isaías, el profeta tiene una visión de Dios y el Espíritu del Señor entra en él. Luego, en el versículo 8, él escucha estas palabras:

“abre la boca y come lo que te doy”. Miré: hacia mí se tendió una mano que sostenía el rollo del libro. Lo desenrolló ante mí; estaba escrito al revés y al derecho, y sólo eran cantos fúnebres, lamentaciones y gemidos.” (Ezequiel 2,9-10)

En el siguiente capítulo describe su experiencia al comer de este libro:

“Lo comí pues, y en mi boca era dulce como la miel”.

Intérpretes católicos a lo largo de los siglos han visto este dulce rollo que fue comido como un símbolo de la Eucaristía (el ejemplo más reciente es el nuevo libro de Scott Hahn: Consumiendo la Palabra).

El episodio ilustra bien lo que experimentamos en las dos liturgias de la Misa. En la primera, consumimos la Palabra, en las lecturas de la Escritura y en la homilía que se predica sobre ellas. Luego, en la segunda liturgia, consumimos la Eucaristía, que, como el Cuerpo de Cristo, es la Palabra hecha carne.

 

Adaptación y traducción al español por María Vanegas, para PildorasdeFe.net, del artículo publicado en: Catholic Exchange, autor: Stephen Beale

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