¿Por qué la Iglesia católica bautiza a los niños?

Tomado de Vidacristianaencuba.com

El bautismo es el primero de los sacramentos de la Iglesia. Lo llamamos el primero de los sacramentos de la iniciación cristiana porque es la puerta de entrada a la vida sacramental y requisito imprescindible para recibir cualquiera de los otros.

Su importancia viene por dos motivos fundamentales: el primero, porque Jesús mismo nos mandó administrarlo a todos los que confesaran su fe en Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, para vivir como cristianos en una misma esperanza y amor; el segundo, porque supone la recepción del Espíritu Santo, que habita en nosotros durante toda nuestra vida, produciendo frutos espirituales como hacernos “hijos de Dios” por la vía del amor. Establecemos una relación de amor y amistad con nuestro Creador, que alimentamos con la oración y la confianza.

El bautismo nos hace “hermanos en Cristo”, el Hijo Único de Dios y “hermanos los unos de los otros”, porque todos los bautizados somos hijos del mismo Dios sin distinción de color, clase social, nación, sexo, edad o jerarquía. Todos somos uno en Cristo.

Esta unidad nos hace familia. ‘Iglesia’ significa asamblea, por tanto, “la Iglesia somos todos los bautizados”, reunidos para alabar y dar gracias a Dios por la vida y los dones que el Espíritu nos reparte para beneficio común.

El bautismo también nos hace “limpios de pecado”. ¿De qué pecado? Del pecado original, originante de todos los demás. Del pecado de soberbia, de autosuficiencia, de rebeldía contra Dios. Este pecado nos trajo la digresión espiritual y la muerte física. El bautismo repara este daño devolviéndonos la gracia santificante que nos permite convertirnos en discípulos del Maestro. Y así seguirlo por este mundo anunciando el Reino de Dios hasta que nos encontremos con Él en la eternidad.

Ciertamente, todo esto supone un acto de fe que los niños no pueden hacer. La Iglesia que es madre y maestra, desea que ellos también participen de estas gracias pronto; por eso los bautiza, porque confía en que padres y padrinos van a educarlos en la fe de la Iglesia. El bautismo va a ser un gran apoyo en su crecimiento y madurez espiritual, en espera de que se integren plenamente a esa comunidad que les ha acogido y bendecido desde antes que pudieran profesar y celebrar con ella.

Este sacramento es un signo de fe. Una marca imborrable de que pertenecemos a Dios y a Él solo adoramos. De que somos una comunidad de fe que al peregrinar en este mundo anhela la patria celestial. No puede usarse para otra cosa que no significa ni beneficia. El bautismo no es para que los niños no enfermen, ni que se porten bien, ni que tengan suerte en ninguna otra cosa. No protege de los peligros que pueden acecharnos en este mundo. Solo puede garantizarnos que, en medio de ellos, Dios está con nosotros. No estamos solos.

Escrito por Diácono Orlando Fernández Guerra, Arquidiócesis de La Habana

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