Santa Teresita del niño Jesús: una santa para nuestro tiempo

Tomado de es.la-croix.com

Teresa de Lisieux es la santa patrona de todos los misioneros, doctora de la Iglesia. Pero ¿cuál es el secreto de la fecundidad espiritual de esta joven mujer muerta a los 24 años?

Teresa de Lisieux atrae a millones de creyentes y de no creyentes del mundo entero; sus reliquias recorren los cinco continentes; en la actualidad, le están dedicadas dos mil iglesias en todo el mundo, y sus escritos se encuentran entre los textos más traducidos. En 1927 fue proclamada patrona principal de todos los misioneros y de las misiones que existen en todo el mundo.

¿Cuál es, pues, el secreto de la fecundidad espiritual de esta joven mujer que entró en el Carmelo a los 15 años, muerta a los 24 años? Teresa ha sabido poner una fe y una esperanza inquebrantable en la fuerza de la oración, osando pedírselo todo a Dios. Para ella, ningún objeto de la oración es ni demasiado grande ni demasiado pequeño.

Teresa nos ha prometido esta oración incesante, infatigable, esta oración fiel al mundo, más allá de la muerte: “Pasaré mi cielo haciendo el bien en la tierra”.

La fe de Teresa de Lisieux no ha sido si no confianza, audacia y sencillez ante Dios.

Entra en el Carmelo el 9 de abril de 1988

Los primeros años serán agotadores: la vida cotidiana, las largas horas de oración en una aridez espiritual completa, el frío del que ya sufre… Todo esto no la desanima, ella, que ha “venido para salvar las almas y, sobre todo, a rezar por los sacerdotes”. Pero este periodo será también el de intensas luces místicas, de manera particular, la pequeña vía de la infancia espiritual y el descubrimiento del amor misericordioso de Dios. Nombrada maestra de las novicias, es decir, responsable de la formación de las jóvenes carmelitas, intentará dar forma a lo que ha recibido en la oración.

Teresa comienza a escupir sangre, primer signo de una tuberculosis que la devastará y, al mismo tiempo, atraviesa una formidable “prueba de fe”, dudando de la existencia del Cielo, comprendiendo las tentaciones de suicidio, encontrándose a menudo en la incapacidad de orar. Sin embargo, en el corazón de esta noche, escribe sus mensajes más conmovedores de verdad, y continúa la redacción de sus cuadernos, que había comenzado en el invierno de 1894, donde escribe por obediencia sus recuerdos, a petición de sus hermanas.

El 30 de septiembre de 1897, Teresa está en la enfermería desde hace dos meses. Sus hermanas se relevan a su cabecera. Mirando su crucifijo: “¡Oh! ¡Lo amo! ¡Dios mío…, te amo!”, entra en éxtasis, su rostro recobra el color que tenía cuando gozaba de salud, sus ojos brillan de paz y de alegría. “Yo no muero, entro en la vida” había escrito algunos meses antes…

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