¿Qué sentido tiene el título de «padre» en la Iglesia?

Tomado de es.la-croix.com

El apelativo «padre» o «padre mío» dado a los sacerdotes es una herencia de la vida monástica.

Céline Hoyeau

El apelativo «padre» ¿no es contrario a la enseñanza de Jesús?

«No llaméis padre vuestro a nadie en la tierra, porque uno solo es vuestro Padre, el del cielo» (Mateo 23, 9). Si nos quedamos en la literalidad de las palabras, la costumbre que quiere que se llame a su sacerdote «padre» o «padre mío» está evidentemente en contradicción con esta enseñanza que Jesús ha dejado a sus discípulos. Sin embargo, lo que Jesús pretende en este paso del Evangelio, cuyo contexto es el de una polémica con los fariseos, es el título de «Rabí» (del hebreo rab, «grande») que los discípulos daban respetuosamente a un maestro, y que los fariseos amaban sentirse llamar… Dicho de otra manera, la tentación de orgullo para un maestro espiritual a causa de un saber o de una sabiduría; y para el discípulo de caer en la fascinación, dejarse infantilizar y manipular.

Por eso, lo que aquí está en causa, no es la paternidad espiritual, realidad ya muy antigua en la Antigüedad, y que conoce un nuevo desarrollo en el cristianismo; es la manera de vivirla. El evangelista pone en guardia contra «el peligro de apropiación de lo que es y permanece don de Dios»: «Sólo Dios es Padre; de él toma nombre toda paternidad. Sólo Dios es maestro de verdad, guía, doctor, en su Hijo Jesucristo», recuerda el padre François-Régis Wilhélem, teólogo del Institut Notre-Dame de Vie.

¿Cómo ha comprendido la tradición cristiana esta paternidad?

En los Padres de la Iglesia no se encuentra ninguna objeción a utilizar este título, señal de que no encontraban ninguna incompatibilidad; al contrario, las primeras generaciones cristianas lo han utilizado siempre en relación con la transmisión de la Palabra de Dios, analiza el padre Armand Veilleux, antiguo procurador de la orden cisterciense.

Así, san Pablo escribe a los Corintios que pueden tener «mil tutores en Cristo»; en revancha, no tienen «muchos padres»: «Pues soy yo, escribe el apóstol, quien por medio del Evangelio os he engendrado para Cristo Jesús» (1 Co 4, 15). «En este mismo espíritu, a los inicios del cristianismo es el obispo quien es llamado “padre” pues engendra la comunidad en la fe por medio de la transmisión del Evangelio», continúa el padre Veilleux.

Todavía se encuentra este vínculo con la Palabra a partir del siglo IV en los Padres del desierto. Cristianos que desean vivir la radicalidad del Evangelio «a la sombra de un padre espiritual», van a visitar a estos primeros monjes del cristianismo, con fama de sabiduría, con esta demanda: «Abba, dime una palabra»… Retoman así el término arameo abba («papá») que Jesús utiliza para dirigirse a su Padre. «Nadie pretende, pues, considerarse padre. Son los discípulos quienes, demandando a un anciano una palabra, hacen de él un padre», subraya Armand Veilleux.

Como toda tradición espiritual, este apelativo poco a poco adquirirá una forma institucional. Con la aparición de la vida cenobítica en torno a Pacomio, en Egipto, este papel de padre espiritual se transmite a la comunidad, a través de una regla común inspirada en el Evangelio, el abba/abad estaba encargado de velar para que la palabra formase realmente a cada monje.

La Regla de San Benito expresa bien esta tradición: «Escucha, hijo, estos preceptos de un maestro (…), acoge con gusto esta exhortación de un padre entrañable», comenta san Benito. Habla aquí de Cristo, que es verdadero padre de los monjes, mientras que el abad era su representante, que habían elegido para que les condujera por el camino evangélico.

¿Cuál ha sido la evolución de este apelativo?

Siguiendo esta tradición, los religiosos han conservado el apelativo de «padres» e incluso de «reverendos padres» desde, al menos, el siglo XVII y hasta, al menos, al Vaticano II, subraya Daniel-Odon Hurel, director de investigaciones en el CNRS. Por ejemplo, desde los comienzos de la Compañía, los jesuitas se llamaban entre ellos «los padres».

En lo que se refiere a los sacerdotes seculares (o diocesanos), al contrario, la evolución de este apelativo es una verdadera dificultad para los historiadores, pues «pertenece a la oralidad de la práctica de los fieles», reconoce Daniel-Odon Hurel.

El título honorífico latino Dominus, que significa maestro o señor, en francés se convierte en «don» (para los abades), «señor», «monseñor»… «En los siglos XV-XVII, “Señor” es el apelativo ordinario para los sacerdotes, los obispos y los cardenales. “Monseñor” aparece de vez en cuando, pero raramente y más bien para los duques», constata la historiadora Nicole Lemaître.

De «Señor Vicente» (de Paul) al cura de campaña de Bernanos: el paso progresivo de «Señor» a «Señor cura» debe datar del siglo XVIII. Según algunos, se explicaría por el aura que los religiosos han tenido siempre, en Francia, en el mundo secular.

En efecto, llamar a alguien es decir algo de su identidad. E incluso en un ambiente secular, los fieles nunca han abandonado el apelativo «padre» en relación al sacerdote a quien reconocen una paternidad espiritual. El concilio de Trento en el siglo XVI, la escuela francesa en el XVII han insistido mucho en la alta visión de la función sacerdotal; también el siglo XIX con el sacerdote «Alter Christus», «otro Cristo».

Así, en la confesión, se dirige a Dios por medio del sacerdote diciéndole «Padre». Y en la dirección espiritual, tampoco es raro que un dirigido llame así a quien le acompaña. Por ejemplo, en los años 1930, la mística Marthe Robin pidiendo al padre Faure que fuera su director espiritual, le escribe: «Señor cura y querido Padre espiritual. Como puede ver, soy pródiga, porque sin permiso, sin preguntaros si los permitís, os digo “Padre”». Se utiliza también probablemente este título en los ambientes de Acción Católica para los consejeros espirituales, pero «no de manera sistemática», revela Nicole Lemaître.

Por último, hacia el Vaticano II, «Señor cura» cede el paso a «padre» en el uso común para los sacerdotes (e incluso los obispos), salvo en ambientes tradicionalistas. Pero paradójicamente, algunos notan que «Señor cura» hoy se entiende mejor en un contexto de laicidad… Decir «padre» a un sacerdote es mucho más comprometido para algunos que llamarle «señor cura».

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