¿Por qué hablamos de sacrificio expiatorio de Cristo?

Tomado de es.la-croix.com

¿Por qué hablamos de “sacrificio expiatorio” respecto a la muerte de Cristo? El padre Eric Morin, profesor de Teología en el Colegio de los Bernardinos, responde a las preguntas de Sophie de Villeneuve.

Sophie de Villeneuve: Un internauta de croire.com nos escribe: «No comprendo estas palabras: sacrificio expiatorio de Cristo». ¿De dónde viene esta expresión?

E. M.: Nos viene de san Pablo. Es una imagen que nos habla claro, siempre que la separemos de todo lo que implica de sulpiciano y sangriento y de la idea de que pide más sufrimiento, en lugar de perdón. Hay que recorder que esta expresión fue forjada en la fe en la Resurrección. Es porque creemos que Jesús ha resucitado por lo que intentamos describir la transformación que Él lleva a cabo en nuestras vidas. La primera de estas transformaciones es permitirnos ser plenamente hijos y llamar a Dios, Padre. No llegamos solos a esto y, además, nos encontramos con obstáculos que se llaman pecado. La muerte de Cristo en la Cruz es lo que elimina los obstáculos e impide al pecado hacer de nosotros sus hijos.

 ¿Por esta razón hablamos de sacrificio?

E. M.: Sí, porque Cristo se ha sacrificado. Jesús podría haber aprovechado de la vida más tiempo, pero Él cree que su vida no tiene sentido si no estamos asociados a la suya de Hijo. Él se sacrifica en el sentido primero del término, para que nuestra vida pueda ser una vida filial con la suya.

Hay en esto una forma de heroísmo.

E. M.: Efectivamente. Para Él no hay nada más importante que permitirnos asociarnos con Él en su vida filial bajo la mirada del Padre. Y es consciente de que para liberarnos de los que nos lo impide, es necesario que Él muera, porque es la muerte la que nos impide vivir, y es necesario vencer a la muerte. Morir es doloroso, pero Él no tiene miedo de afrontar este dolor.

Y la palabra “expiatorio”,  ¿es también un poco trampa?

E. M.: De hecho, es una imagen que se centra en esta palabra. Durante la fiesta del Kippour, la fiesta del Gran Perdón, en el Templo se llevaba a cabo un rito que consistía en derramar una parte de la sangre de los sacrificios sobre la cubierta del Arca de la Alianza, para significar que Dios venía para vivificar la Alianza, puesto que la sangre era la vida según el Levítico. Dios, mediante ese rito, viene para cubrir y proteger la Alianza, y por lo tanto al pueblo que vive la Alianza. En el capítulo 3 de la carta a los Romanos, san Pablo vuelve a utilizar esta imagen diciendo que, en la fe, creemos que la sangre de Cristo derramada, en la Eucaristía, nos vivifica y nos sana de todas las heridas que nos impiden vivir la vida eterna.

Esta palabra, “expiatorio”, es por lo tanto una palabra antigua que hemos heredado. ¿Se podría formular hoy en día de manera distinta?

E. M.: Es el trabajo de los teólogos actualizar las palabras antiguas y darles un nuevo vigor. ¿Se podría sustituir la palabra “expiatorio” por otra? Honestamente, «sacrificio expiatorio» es una expresión que yo no utilizo nunca. La leo, la recibo de los textos litúrgicos, intento explicarla cuando tengo ocasión, pero raramente hablo de «sacrificio expiatorio» de Cristo.

 ¿Qué dice usted entonces?

E. M.: Que la vida de Cristo es una vida donada, una vida entregada, como dice el mismo Jesús: «Mi vida es entregada en las manos de los hombres». Esta entrega del Hijo en nuestras manos se realiza en la comunión. Entregado en nuestras manos, es al mismo tiempo abandonado en las manos del Padre. En la muerte y la resurrección, Jesus es entregado en nuestras manos y abandonado en las manos del Padre. Y esto permite que también nosotros nos abandonemos en las manos del Padre.

Algunos se preguntan para qué ha servido esto, puesto que el pecado está siempre presente y el hombre comete siempre el mal… ¿Realmente ha servido para algo este «sacrificio»?

E. M.: Sí, porque Dios ha tomado una decisión, en un diálogo entre el Padre y el Hijo, para saber qué hacer con estos pecadores que no quieren la vida que se les da. Ellos decidieron, con su inmenso amor, que no nos dejarían caer, y fueron hasta el final para venir a buscarnos. Dios tres veces santo y vivo ha ido más allá, hasta la muerte, para venir a buscarnos. Nosotros sabemos, entonces, que nuestro pecado no impide que Dios decida amarnos. Esto tiene implicaciones casi jurídicas. Cuando me digo a mí mismo que no tengo el derecho de acercarme a Dios a causa de mi pecado, en mi fe en Cristo y en su «sacrificio expiatorio», Él que se ha entregado en las manos de los hombres y se ha abandonado en las manos de Dios, sé que tengo el derecho, no de hacer lo que quiera, sino de volver, de pedir perdón, de dejarme purificar por su sangre que es la vida que Dios me ha dado. Tengo el derecho de dejarme aferrar de nuevo por el amor de Cristo para que me haga madurar.

Este sacrificio, que tuvo lugar en un tiempo determinado de la historia, ¿sigue teniendo valor hoy en día?

E. M.: Es un momento concreto de la historia que transciende a la historia. Empleamos otra expresión que debe plantear también una pregunta: «Descendió a los infiernos». Él descendió a todos nuestros lugares cerrados, a los lugares donde la vida no es vida, sino un infierno. Con su sufrimiento y su muerte, Él se ha unido a nosotros allí. Si hago de mi vida un infierno, encerrándome en mí mismo, Cristo siempre está allí para tenderme la mano y decirme que hay otro modo de vivir.

¿Es, por lo tanto, el último de los sacrificios, que nos salvará a todos para la eternidad?

E. M.: Sí, a todos los hombres y para la eternidad. Hay que entender la palabra «salvados» en su acepción positiva y negativa. Negativa: somos salvados del pecado, como si escapáramos de un peligro durante un viaje. Positiva: hemos llegado a destino. Si naufragamos en el mar, pero conseguimos subirnos a un balsa, decimos que nos hemos salvados. Pero aún estamos en el mar. Un barco vira para venir a salvarnos. Nos subimos a él y decimos que nos hemos salvado. Sin embargo, aún no hemos llegado a destino. Una vez en tierra, decimos que estamos salvados. Esta vez es verdad, pero esto no significa que nuestra vida precedente no tenía peso. Al ver el  barco virar para venirnos a buscar, nos hemos asegurado de que a pesar de estar aún en dificultades, todo iba a ir a mejor. En el barco seguíamos en medio de la tormenta, pero sabíamos que llegaríamos a puerto. La muerte y la resurrección de Jesús, acogidas en la fe, nos dan la seguridad de que la vida eterna nos es donada.

Cuando hablamos del sacrificio expiatorio de Cristo, pensamos también en la Cruz. Usted dice que la Cruz no es sólo la muerte, sino también la resurrección. ¿Debemos pensar esto cuando la contemplamos?

E. M.: Hay que contemplar la Cruz a la luz de la Resurrección.

¿Nuestras cruces también?

E. M.: Claro. Porque Jesús ha resucitado yo puedo mirar cómo ha muerto constatando que Él era totalmente libre: «Nada me arrebata mi vida, soy yo el que la entrego», dice. Es la luz de la Resurrección que atestigua esta verdad. Cuando Jesus muere en la Cruz, es un ser donado, libre, que entrega su vida y nos invita a compartirla. Nos da acceso a esta libertad, también en nuestras cruces, nuestras dificultades, nuestros infiernos. No podemos controlar todos los elementos de nuestra vida, pero tenemos la libertad de vivir de otra manera.  

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